Helvetica
Nacida como Neue Hass Grotesk en 1957, la Helvética es sin lugar a dudas una de las tipografías más omnipresentes en nuetro planeta. Con sus innegables defectos y sus múltiples virtudes, celebra sus cincuenta años en plenitud de facultades y convertida en la fuente de palo por excelencia. ¿Por qué ella y no la Univers o la Akzident Grotesk? Seguramente porque la Helvética nació con estrella… y el marketing y la revolución informática se aliaron en su destino.
La historia de su diseñador, Max Miedinger, es la historia de un hombre gris de la Europa de la postguerra al que el destino puso en el camino un encargo excepcional: diseñar la que sería una de las tipografías más utilizadas de todos los tiempos. Miedinger vino al mundo la Nochebuena de 1910 en Zurich. Mejor dibujante que estudiante, decide a los 16 años que quiere ser pintor pero su joven vocación topa con una fuerte oposición paterna. Cuentan que su progenitor zanjó una tensa discusión sobre el tema con un “Primero debes de aprender un oficio en condiciones”. Así es como a los 16 años entra de aprendiz de cajista en la imprenta Jaques Bollmann de su ciudad natal. A los veinte, Miedinger trabaja como oficial en la composición de letras y textos, al tiempo que asiste a clases nocturnas en la Escuela de Artes y Oficios para completar su formación. Poco antes de que estalle la Segunda Guerra Mundial, consigue un puesto de tipógrafo en el departamento de publicidad de los centros comerciales Gobus, desde donde dedica una década a la creación de carteles, anuncios e impresos varios. Acabada la guerra, le encontramos en la ciudad de Münchenstein -cerca de Basilea-, como comercial de la Fundición Hass. No será hasta los 47 años cuando Miedinger se establezca como diseñador free-lance y reciba el encargo que cambiaría su destino, convirtiendo a un desconocido en el creador de la tipografía más popular de lo que quedaba de siglo. Edouard Hoffman le encarga modernizar una de las tipografías sans serif de su catálogo, la Haas Grotesk. En apenas unos meses, Miedinger diseña una nueva fuente que, con el nombre de Neue Hass Grotesk, empieza a comercializarse en 1957. Cuatro años después, la empresa alemana Stempel desarrolla nuevos pesos y la comercializa bajo la denominación de Helvética.
A partir de ese momento, de la mano de Stempel y Lynotype, la Helvética experimentará un éxito fulgurante. Frente a la Akzident Grotesk - la sans serif favorita de los diseñadores alemanes de los cincuenta -, presenta un cierto refinamiento: si la primera conserva un deje industrial, su nueva competidora ofrece un plus de sofisticación que entona bien con toda una nueva gamma de productos de consumo de la era postindustrial. La aparición de versiones no latinas y la ampliación de las fuentes de la familia para distintos usos la convierten pronto en la tipografía coorporativa más famosa de los sesenta y los setenta. Su utilización y popularidad entre los diseñadores crece como la espuma tanto en Europa -sobre todo en Alemania- como en EEUU, paralela a la influencia de la escuela suiza en el diseño internacional. El diseño suizo, con su marcada preferencia por la tipografía frente a la ilustración, sus letras de palo y sus rejillas rígidas y funcionales, se identifica con una “aproximación racional al diseño”. Los primeros folletos promocionales de la rebautizada Helvética aprovechan el tirón comercial con textos que vienen a decir: “si usted quiere diseño suizo, aquí lo tiene”.
Irónicamente la Helvética no tuvo una gran aceptación inicial en el país alpino, donde la escuela de Basilea se inclinó más por la familia Univers de Adrian Frutiger. Frente a la Helvética, la Univers ofrecía dos ventajas básicas. Había sido creada como una familia completa -mientras la Helvética estuvo inicialmente sólo disponible en regular, light, negrita e itálica- y estaba ya disponible para la composición mecánica de las imprentas. No será hasta la segunda mitad de la década de los sesenta cuando su impacto se deje notar en el diseño suizo, varios años después de haber triunfado en el exterior.
Cuentan que Miedinger envejeció con amargura. Vivió lo suficiente para contemplar el éxito de su diseño, pero éste no le reportó ni fortuna ni tampoco el reconocimiento del que gozaron otros tipógrafos de la época como Adrian Frutiger. Olvidado por todos, volvió a su Zurich natal y falleció en 1980.
De estrella capitalista a fuente democrática
El avance brutal de la Helvética no hubiera sido posible sin agrandar la familia con nuevos miembros pero, sobre todo sin el respaldo que le supuso la revolución informática. Cuando ya sus tiempos de gloria parecían pasados, es la sans serif que traen de serie las primeras impresoras láser de los ochenta, la del pirmer PostScript de Adobe y la que viene “incluida de serie” en los ordenadores que proporcionan la eclosión de la autoedición.
Junto a la Times -en la secciómn de fuentes con tacón- la Helvética es la tipografía por excelencia para varias generaciones de todo el planeta. Aún hoy, medio siglo después de su aparición, su presencia en nuestra cotidianedad sería apabullante si no fuera porque la leemos sin verla. No importa si uno está en Tokio, Viena o Nueva York, los letreros del metro estarán en Helvetica. Y muy probablemente los prospectos de los medicamentos que tomemos, el mapa de carreteras, el cartel de “empujar” o “tirar” en el acceso a innumerables oficinas y comercios y hasta el cartel de “No aparcar”.
Aunque la mayoría de los diseñadores actuales se resistan a utilizarla, y prefieren siempre una Univers o una Akzident, no podemos hablar de la decadencia de la Helvética. Cierto es que son ya pasado aquellos años en que grandes y modernas empresas construyeron sobre ella sólidas identidades visuales: American Airlines, Lufthansa, AGFA, Nestlé… LA Helvética fue una gran estrella del branding de un capitalismo floreciente, que veía en ella claras connotaciones de precisión, progreso y seriedad. Con el tiempo ha ido perdiendo el glamour de antaño, desposeída de personalidad a fuerza de repetición, sin dejar de avanzar hasta impregnar todos los resquicios de la vida cotidiana de buena parte del planeta. Ya no es como un perfume, sino como el perejil de todas las salsas. Universal, accesible y funcional, la encontramos aún como protagonista de muchos programas de identidad corporativa de gobiernos autonómicos, ayuntamientos y universidades.
A fuerza de verla nos hemos acostumbrado a no reparar en ella, nos resulta tan familiar que rara vez le echamos un segundo vistazo o nos detenemos a considerar su apariencia pero ahí está, viva y ubicua como nunca.
Texo extraído del suplemento de la revista Visual número 128, escrito por Beatriz San Román….Helvética, JE T’AIME!
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October 26th, 2007 at 8:19 am
[...] el tío de las fotos increibles, también recoge en su blog cosas interesentes para todos los públicos, como esta suerte de Historia Oficial del nacimiento de la tipografía [...]
October 26th, 2007 at 6:36 pm
I Love it too.
October 26th, 2007 at 7:41 pm
lo siento pero yo si niego sus defectos, lo sé no soy objetico.
Como mola el componedor y la tipo de caja, eso si que era un curro!!
I love Helvetica